Transmutación de los Artistas


¿Cambio ideología por popularidad?

Por: Agustina Chavero©

  Según la vieja Alquimia podemos transmutar cualquier metal o mineral en oro, sólo hay que tener la fórmula para hacerlo. Hemos oído alguna vez que ciertas personas son un "diamante en bruto" en cuanto a la expresión que hacen de un arte determinado. Muchas veces mediante esa frase queremos señalar el talento del descubridor del artista. Aquél que descubre un diamante en bruto al poco tiempo se llena los bolsillos o el alma de brillantes. También este caso es equiparable a una fórmula química: la fórmula del éxito.

  En nuestro folklore nacional tenemos a un gran artista que simultáneamente supo ser un gran descubridor de talentos. Gracias al oído de Charly García han logrado saltar a la fama artistas como Fito Páez y Fabiana Cantilo o bandas míticas como Virus y Soda Stereo, por sólo nombrar algunos.

  Los artistas de rock nacional raramente se traicionan; continúan fieles a su estilo a medida que pasan los años y ni siquiera la propia edad es un motivo para cambiar de costumbres. Es por esta razón que seres humanos como Ramsés III, Luca Prodan, Norberto "Pappo" Napolitano y Luis Alberto Spinetta (por orden de mitificación) se han convertido en leyendas.

  Dionisos es una deidad mitológica porque siempre ha sido Dionisos y no precisamente por transmutarse alguna vez en Apolo.

  Pero existe otra cualidad en las personas sensibles a algún tipo de arte, ya sea al escénico, al pictórico o al musical. Cuando han llegado a constituirse como artistas populares, esto es, artistas que exhiben su arte en la plaza pública, se ven en la necesidad (consciente o no) de ir transformándose según el cambio de época, de pensamiento o de gobierno. Lejos de ser una virtud, esta cualidad es la mayoría de las veces un despropósito.

  En nuestro folklore nacional hay varios ejemplos de este cambio que aquí preferimos llamar transmutación a los efectos que se detallarán más adelante. Sin embargo, de aquí en más, omitiremos nombrar a esta última clase de artistas de modo que esta breve especulación será incompleta, pero de ninguna manera desacertada.

  En muchos casos se trata de personas que no han sido capaces de componer ni un sólo éxito, hasta que repentinamente aparecen en numerosas ocasiones como animadores de alguna fiesta popular interpretando un nuevo hit que todos vocalizan con ferviente entusiasmo, pero que al otro día ya nadie recuerda. En este caso no importa lo que el artista haga después, la memoria popular, ya saturada, no recordará jamás sus notas. El artista regresa a la difamatoria boca de los jóvenes que se avergüenzan de su arte y a la mirada indiferente de aquéllos que tienen un gusto más elevado.

  En otros casos el artista es todo un éxito y esto no implica ser un artista comercial, sino un ser humano dotado con una sensibilidad especial para la captación de la poeiesis. El problema es que al pasar el tiempo el éxito devuelve a la poética un poco de dinero y pronto aparecen los lujos por la derecha y por la izquierda la predicación de todo aquéllo que ya no se es y no se prefiere. Quizás de jóvenes somos idealistas y estamos dispuestos a defender nuestras convicciones con toda fidelidad sin siquiera pensar en ellas de una manera consciente, pero con la edad y los achaques cierta comodidad empieza a copar nuestro ánimo y mantener convicciones se vuelve una tarea muy trabajosa; la fidelidad se transforma en pereza, pero por el bien de nuestro estilo de vida y de nuestra popularidad debemos hacer de cuenta, ante el público, que aún las mantenemos, que aún profesamos lo que el pueblo quiere que profesemos.

  En todos los casos la transmutación es tan real y efectiva que el artista cree realmente que es lo que profesa, cree que su popularidad es digna y se siente un aliado del pueblo (o del gobierno de turno), se encuentra envuelto en el abrazo de las llamas quemantes del vitoreo, del aplauso de un público impago o sobornado. Pero casi siempre que el espectáculo es gratis, el público espectador no asiste a él por lo que ofrece, sino tan sólo por su gratuidad; no están allí por el artista, están allí para pasar el rato o para recibir un premio, aunque ellos también se han transmutado un poco...

  El clientelismo tiene formas tan seductoras e impensadas que a veces ni siquiera nos percatamos de que ya estamos en el interior de sus fauces. Contratar a un artista popular es mucho más sutil que llenar varios micros de personas bajo premio o promesa. La mayoría de las veces aquéllo que en Argentina llamamos fiesta popular es un fraude de espejos y luces. La verdadera fiesta no está allí, sino en la serenidad de las calles, en la soberanía de la Nación, en la calidad de vida de quiénes la habitan, en el arte libre y fecundo de quiénes lo ejercen de manera inconsciente sólo para ellos mismos, sin esperar, sin siquiera imaginar, que otros se verán identificados en él. Cuando el arte es usado a exclusivos fines de la popularidad, cuando se transforma en un empleo, ya se transmutó en divisa y no es arte.

  La vieja Alquimia al conocer la densidad del Oro (19300 kg/m3) y del Plomo (11340 kg/m3) y encontrarlas similares intentaba transmutar una sustancia en otra. Esto no fue posible hasta 1919, año en el que Rutherford logró la transmutación de un átomo de nitrógeno mediante el bombardeo de partículas alfa. La Alquimia, después de Lavoisier, se convirtió en una ciencia inútil y se transformó en una ciencia real y fundamentada. Hoy sabemos que transmutar el plomo en oro no es imposible, pero sí es algo inútil y hasta perjudicial:  las reacciones químicas afectan tan sólo a los electrones de la corteza del átomo. La transmutación implica la alteración de los núcleos atómicos. Para cambiar un elemento en otro hay que modificar el número de protones que hay en el núcleo. El plomo tiene 82 protones y el oro 79. Así que para convertir el plomo en oro debe perder tres protones. pero para hacerlo se necesita consumir mucha energía, tanta que el oro resultante es más caro que comprarlo en el mercado.

  La conclusión es que hoy en día no hay cosa más inútil y costosa que una transmutación. Antes de Lavoisier la transmutación ambicionaba las mentes de los alquimistas, era un proceso que rozaba lo divino y había incluso quiénes se jactaban de tener el conocimiento supremo para poder realizarla. Hoy la transmutación no vale más que el oro que ya traemos puesto; allí queda el recuerdo de aquéllas ambiciones tan cegadoras y de aquél poder infinito de manipular la materia, hoy sólo vemos el ridículo, la ausencia de todo poder. La analogía es simple: no conviertas el oro que ya traes en plomo, este tipo de transmutación siempre sale al revés.

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