Obtener protagonismo a través de una pregunta


Por: Agustina Chavero©

  Cuando en un amplio o reducido grupo de espectadores alguien levanta la mano o bien irrumpe con su voz, todos los oyentes voltean y desvían su atención de lo que realmente importa hacia un interlocutor furtivo cuyas intenciones son dudosas. 

  La consecuencia inmediata de esta interrupción es una pérdida de tiempo cuya gravedad puede ir in crescendo según la bolilla que se le dé al interruptor. Por lo general en una primera pregunta o acotación, el interruptor atraviesa una fina barrera de incomodidad llamada timidez; un oscuro mecanismo de defensa que la mayoría de los seres humanos tiene incorporado en mayor o menor grado según grupo etario, condición social y/o perfil psicológico.

  Por lo general el daño que se produce siempre recae sobre todo el público espectador, pero especialmente sobre quien tiene la palabra frente al grupo, ya sea un profesor que dicta una clase o un guía turístico. Quizás el dictado de una clase o de un recorrido turístico no tiene la necesidad de ser monológico puesto que a través de preguntas o acotaciones venidas del público se puede enriquecer la tarea realizada. Sin embargo los sujetos que se distinguen por obtener protagonismo mediante preguntas o acotaciones (a quiénes a partir de ahora denominaremos los preguntadores / los acotadores) no suelen tener como objetivo principal el esclarecimiento de sus dudas o el enriquecimiento intelectual de sus pares, sino tan sólo el enaltecimiento de su propia figura como superadora de quien está al frente del grupo o de los demás oyentes, más aún si se trata de una acotación y no de una pregunta.

  A menudo las preguntas desembocan en una seguidilla de acotaciones completamente innecesarias, ya que muchas veces el preguntador termina convirtiéndose en un acotador, sujeto cuya actividad es aún más perniciosa ya que sabe perfectamente que sus aportes, por más originales que sean, son innecesarios si no han sido dichos por quien está al frente del grupo. Esto ocurre cuando el preguntador ha superado con creces la barrera de la timidez o cuando el que interrumpe siempre ha sido un acotador inescrupuloso cuya fuerza vital se nutre de mantener siempre en alto su autoestima en detrimento del tiempo y la paciencia del prójimo.

  Hay dos accidentes que pueden ocurrirle tanto al preguntador como al acotador, casi siempre con consecuencias fatales. El primero de ellos, hacer una pregunta o acotación banal que lo lleve a permanecer en la memoria de los demás no en la forma que él esperaba sino por la compasión y la vergüenza ajena; el segundo, que finalmente acabe con la paciencia de alguno de los participantes o, peor aún, del que es interrumpido, y alguien lo obligue a callarse. Pero existe un tercer accidente, que es el más grave y puede acabar con la vida del preguntador acotador, llevándolo a una larga meditación de duración indeterminada o a abandonar su costumbre para siempre: el ser refutado. 

  Hay gente muy hábil en sus diálogos y por más original que sea una acotación, saben restarle importancia o la complementan de modo tal que el acotador parezca un ser de lo más superficial sobre la tierra. También es posible que el acotador se equivoque sin darse cuenta, puesto que los que más saben son, por lo general, los que más callan porque no soportarían ser esclavos de sus palabras y prefieren, más bien, ser reyes de su silencio al igual que William Shakespeare, quien rara vez incurría en errores (o jamás lo hacía).

  Por otro lado al acotador de nada le sirve tener una personalidad avasallante o mostrarse seguro de sí mismo; la mayoría de las veces quedará como un necio o como un charlatán y es probable que, aunque tenga razón, permanezca brevemente en la memoria de los demás como aquél irritable y jactancioso ser que no cesaba en sus interrupciones y que poco o nada embelesaba al auditorio.    

  De este breve y escueto escrito hay que concluir algunas pequeñas cosas: si te creés capaz de preguntar sin jactancias, adelante, es probable que sin robar mucho tiempo puedas aclarar tus dudas si es que realmente las tenés. No desvíes a quién está enseñándote algo nuevo, no lo apartes de su camino argumentativo, porque dañás su discurso e interrumpís el pensamiento de los demás; sólo abrí tu boca para preguntar en el momento propicio, en el silencio inusitado del diálogo en comunión y no en la precipitación de la ignorancia. Tu conciencia no es superadora a la del resto, y en caso contrario jamás experimentarías la necesidad real de demostrarlo en todo tiempo y en todo lugar. A la hora de preguntar ciertas cosas o de acotar algo, pensá en las palabras de Abu Bakr: "si lo que tienes que decir es menos bello que el silencio, entonces calla.

  ¡Calla por tu propio bien y por el bien de la humanidad!    

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